Insight

Educar, es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias, hechos...) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los humanos podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. Los pesimistas pueden ser buenos domadores, pero no buenos maestros...

lunes, 12 de marzo de 2012

Aprender a Aprender 1

Para aprender de verdad no basta sólo con disciplina, esfuerzo y memoria. Se necesitan también herramientas y hábitos que promuevan y faciliten ese aprendizaje eficiente y duradero que perseguimos...

Tengo mis hábitos y no necesito más…
¿Te las arreglas bien sin demasiada ayuda?
¿Sabes salir airoso de todos los retos nuevos que se te presentan?
¿Eres, por ejemplo, de los que no necesitan ningún tipo de instrucción para empezar a manejar el DVD?
¡Enhorabuena!
No todos pueden decir lo mismo.
Sin embargo, te invitamos a que revises tu relación con el aprendizaje. Es posible que estés perdiendo algunas oportunidades.
¿POR QUÉ NO INTENTARLO?
Nuestros motivos para no profundizar en el aprendizaje se basan a menudo en prejuicios, algunos tan arraigados que nos resultan invisibles, y por lo tanto, difíciles de rectificar.
Analiza las tuyos. Tal vez tus razones no son tan poderosas como creías.
- No necesito aprender
Es normal opinar así. Al fin y al cabo, cada día resuelves los problemas cotidianos que se presentan ¿no es cierto? La mayoría de nosotros no es consciente de que haciendo las cosas de otra manera ganaría tiempo y eficacia. Ni tampoco de las habilidades de las que carecemos y que podrían hacernos la vida más fácil.
Por ejemplo:
¿Sabías que el 85% de la población toma automáticamente una explicación clara por cierta? Ahora, ¿crees que no hay nada que puedas aprender para exponer mejor tus argumentos a otros?
¿Eres consciente de que saber primeros auxilios puede ayudarte a salvar a un ser querido en caso de emergencia, si la ambulancia no puede llegar a tiempo?
Una actitud positiva y abierta te permitirá averiguar qué es lo que desconoces. Ése es el primer paso para aprender.
- Me cuesta reconocer mi ignorancia
Muchas personas temen decir “yo no sé usar el correo electrónico” o “no sé cómo hablar con mis hijos”, por lo que los demás puedan opinar.
A nadie le gusta reconocer su desconocimiento, pero pensar así constituye un gran obstáculo para aprender.
Recuerda que es imposible saberlo todo. Aceptarlo te abrirá las puertas a nuevos aprendizajes, de una forma más relajada.
- El esfuerzo no merece la pena
A menudo, aprender da pereza. Supone esfuerzo y tiempo de dedicación. Por eso, es lógico preguntarse si obtendremos a cambio una utilidad práctica e inmediata. La respuesta es sí.
Según estudios recientes, la mayor parte de los empresarios consideran que el mayor activo de su empresa es la capacidad de aprendizaje de sus empleados. Si desarrollas esta habilidad, tendrás un mejor futuro laboral.
La capacidad de aprender es vital también al relacionarnos con nuestros familiares y amigos, con nuestra salud, al disfrutar de nuestras aficiones... En definitiva, afecta a todas las áreas de nuestra vida, y dominarla puede mejorar nuestra experiencia vital en conjunto.
- A mi manera es mejor
Siempre has utilizado los mismos métodos ¿por qué no van a seguir funcionando?
Es inteligente no cambiar una estrategia que funciona, pero recuerda que muchas veces lo que antes era válido puede quedarse obsoleto.
Date la oportunidad de adquirir una nueva visión de las cosas cada día, de ver el mundo desde otra óptica, de desaprender lo aprendido y asimilar lo novedoso.
Ejemplo:
Algunas de las innovaciones en seguridad de los automóviles nos exigen cambiar nuestra forma de conducción. Por ejemplo, el ABS no mejorará nuestra seguridad si, en caso de emergencia, frenamos progresivamente como solíamos hacer antes para evitar el bloqueo de las ruedas. El ABS permite una frenada mucho más eficaz, siempre que pisemos a fondo el pedal. Es cuestión de adaptarse.
- Ya no tengo edad
Puede que pienses que la juventud es el momento de aprender y tú ya la dejaste atrás. No te confundas: mientras tengas vivo el deseo de aprender, siempre es buen momento .
Es más, con la edad nos hacemos más conscientes de lo que necesitamos aprender. Tu experiencia vital y laboral te ayudará a escoger cuándo y dónde aprender y sabrás como aplicar tus conocimientos. Aprovecha la ocasión.
¿Ya has entrado en la tercera edad? Perfecto. Seguramente dispones de tiempo para aprender lo que tuviste que aparcar durante tu época activa. Por si fuera poco, mantenerse activo intelectualmente es la mejor prevención contra la demencia senil. Mantén en forma tus neuronas.
- No tengo tiempo
Eres una persona ocupada. El día no te da para ir varias horas “a clase”. No obstante, ten en cuenta que:
* Aprender no requiere necesariamente ir a la facultad o al instituto de idiomas. Se puede aprender fuera de las aulas.
* En la vida cotidiana hay muchas oportunidades de aprender “sobre la marcha. No siempre es necesario reservarse un tiempo específico para ello.
APRENDE A APRENDER
¿Has nacido sabiendo? Por supuesto que no. Es cierto que hay cosas que has ido aprendiendo casi sin darte cuenta, pero a medida que la vida y las situaciones se complican, vas necesitando habilidades más avanzadas.
¿Te cuesta hablar en público? ¿No entiendes la nueva normativa de tráfico? ¿Te cuesta llevar la contabilidad de casa? Es probable que cuando te enfrentas a estos retos utilices tus métodos de siempre de forma inconsciente.
El objetivo de esta Escuela es ayudarte a aprender a aprender. Es decir, a adquirir de forma consciente y organizada nuevas estrategias de aprendizaje, o mejorar las que usas habitualmente.
Conócete a ti mismo
La clave está en tomar conciencia de lo que piensas, sientes y haces mientras aprendes, para luego evaluarlo. Debes ser observador y participante activo a la vez. ¿A qué debes prestar atención?
- Tu actitud y tus expectativas: Tienen una importancia vital a la hora de lograr tu objetivo final
- Los métodos que utilizas: Las técnicas para aprender y resolver tareas podrán serte útiles en diferentes situaciones.

sábado, 28 de enero de 2012

La universidad que queremos (I). La excelencia no se compra, se persigue.

En los últimos lustros, nuestro entorno ha dado mayor valor y énfasis a la palabra ‘excelencia’. Nuestra sociedad, nuestros ciudadanos, entiende que en las instituciones públicas la investigación sólo puede financiarse si es excelente, que el profesorado (el nuevo) se contratará en base a la excelencia, que la docencia, la asistencia, la investigación, la gestión, los profesionales y los proyectos de investigación serán si son excelentes. Este culto a la excelencia, aunque no resulte explícito, debería ser un rechazo a la mediocridad. Amén.

Pero no todo lo que reluce es oro. La excelencia universal que se propone como norma de mejora es falaz y en repetidas ocasiones llega a constituir una prevaricación por parte de lobbies de excelencia que, utilizando el sentido de las palabras a su conveniencia, han vendido a la sociedad su producto.

Veamos, ¿alguien en su sano juicio puede estar en contra de la excelencia? La respuesta es no. ¿Alguien puede defender que la investigación o los recursos humanos, que el profesorado o los investigadores no han de ser excelentes? ¿Puede defenderse que tanto ‘generar’ como ‘transmitir’ el conocimiento, las dos primeras responsabilidades de la universidad, no han de perseguir la excelencia? La respuesta sigue siendo no, no y no. Lo preguntaré de otro modo: ¿queremos una universidad excelente?

Y la respuesta es sí, sí y sí. Pues no lo parece, pues nos sentimos satisfechos con lo que tenemos y no mostramos interés en mejorar el rendimiento de nuestras aportaciones tributarias.

¿Dónde está la falacia, el engaño, la prevaricación?
La falacia reside en la misma pregunta. No es una pregunta bien hecha ni bienintencionada. La pregunta sobre si queremos una universidad ‘excelente’ no es una pregunta, sino una obviedad. La universidad, si es universidad, ha de ser o tender a la excelencia. Es consustancial. Las preguntas correctas serían otras: ¿nuestra universidad es excelente o se esfuerza en serlo?, ¿qué debe hacer una universidad para ser excelente?, ¿hacemos lo correcto, desde dentro y desde fuera, para tener y mantener una universidad excelente?

Mi juicio, totalmente personal y subjetivo por origen y condición, es que en relación a nuestro entorno socioeconómico disponemos de una universidad de gran calidad, que sus recursos humanos son muy buenos, que el esfuerzo que hace la universidad y los universitarios por servir a su misión –generar y transmitir conocimiento– es muy superior al de los recursos de que dispone, pero a pesar de todas estas bondades nuestra universidad no es excelente. Digamos, pues, que entre donde estamos y donde queremos estar hay una brecha a salvar. Y aquí nos aparece una pregunta pertinente: ¿cómo salvamos la brecha de la universidad de hoy con el fin de llegar a la que queremos para mañana? La excelencia no se compra de un día para otro. La excelencia no constituye un producto acabado y estandarizado que está en el mercado, sino es más bien el resultado de un proceso de esfuerzo colectivo y continuado hecho a base de sacrificio, imaginación y talento compartido. No vale fichar a un crack ni dedicar los recursos disponibles para mimar a los supuestos cracks. Esto podría estar bien si fuera ‘además de’. Se podrían considerar soluciones radicales como despedir a todos los recursos humanos disponibles y contratar sólo a cracks para construir un equipo de estrellas ‘galácticas’, o bien dejar morir las universidades existentes, con los bichos dentro, para hacer estructuras de nueva planta, con profesores e investigadores exclusivamente cracks, o bien dejar las universidades actuales como estructuras ‘desasnantes’ (del verbo ‘desasnar’) para generar centros de excelencia alejados de la universidad o alguna otra boutade que se nos pudiera ocurrir, pero estas soluciones no son –ni ahora ni antes– reales ni posibles.

El problema de salvar la brecha entre la universidad que tenemos y la que queremos es más sencillo de lo que parece, aunque no hay que confundir ‘sencillo’ con ‘sin costes’. Hay que hacer lo que haría cualquier empresa que quiere mejorar su producto: un plan de mejora de calidad. Si fabrico pan y quiero mejorarlo necesito mejor harina, mejor horno y un panadero que sepa amasar bien la nueva harina y sepa manejar bien el nuevo horno. Y también necesito cada mañana probar (‘evaluar’) el pan para ver si ha subido bien la masa y si debo hacerlo mejor.

Cuatro cosas, no hay más. Pero además necesito otra cosa de mayor complejidad: querer hacerlo o, en su defecto, tener que hacerlo.

La universidad necesita mejor harina y mejores hornos. También necesita haber formado a los panaderos para manejar la nueva harina y los nuevos hornos. Y precisa que cada mañana alguien controle la calidad de sus productos (outcomes), tanto docentes como investigadores. Este alguien puede salir del propio querer institucional o puede venir impuesto por la sociedad.
El país no puede permitirse dedicar ni un recurso más de la excelencia a los ociosos o consumidos por la mediocridad. El país requiere ante todo mejorar la calidad de todas sus instituciones, entre las cuales la universidad lo es en mayúsculas. El camino de mejorar cada día la universidad ha de permitir disponer de tantos cracks para las instituciones de excelencia, que no será necesario buscarlos fuera de nuestro entorno. La universidad que queremos es una universidad en busca de la mejora de una ‘calidad permanente contrastada’. La excelencia vendrá dada por añadidura, con la perseverancia en el esfuerzo bien dirigido por el talento.

Arcadi Gual
Director de la Fundación Educación Médica (FEM). Profesor de la Facultad de Medicina de la Universitat de Barcelona.
Educ Med 2011; 14 (4): 195-197

miércoles, 17 de agosto de 2011

Principios de Health Literacy: Información escrita sobre salud






Los seres humanos presentan una serie de preferencias respecto a la información que reciben sobre su salud que varían en función del momento, la persona, su estado de salud y la patología o condición clínica que presente en ese momento (Dickinson y Raynor, 2003). A pesar de ello, hoy en día existe un consenso generalizado entre los profesionales de la salud sobre la necesidad de proporcionar a los pacientes información de calidad, de manera que se favorezca un rol más activo del paciente ante su propia salud (King’s Fund, 2003; Berry et al., 2004).

La relación entre médico y paciente se ha basado, tradicionalmente, en una asimetría en la que el médico ha asumido un papel que representa la competencia técnica y el acceso a los conocimientos médicos, mientras que el papel del paciente se ha caracterizado por una mayor pasividad y dependencia del médico, produciéndose un traspaso de la responsabilidad en la toma de decisiones del paciente al facultativo.

Con el paso del tiempo, la relación entre médico y paciente ha ido evolucionando hacia un proceso dedecisión más compartido, en el que el paciente cuenta con un mayor grado de información y está más interesado sobre temas de salud en general y sobre su propia salud en particular. Este tipo de relación supone la preparación de ambos (médico y paciente) para la visita, así como para llevar a cabo un plan de actuación determinado.

La nueva concepción en la relación entre médico (o profesional de la salud, en general) y paciente necesita la existencia de unas condiciones previas entre las que destacarían: la voluntad, por ambas partes, de compartir la responsabilidad en la toma de decisiones respecto a la conducta a seguir por el paciente; la disponibilidad del médico para explicar al paciente, en un lenguaje sencillo, la situación y la pauta a seguir y la capacidad del paciente para comprender, asimilar y poner en práctica un plan de actuación o, en otras palabras, una pauta de tratamiento y seguimiento.

HEALTH LITERACY O ALFABETIZACIÓN EN SALUD

El término “alfabetización” se refiere a la habilidad para entender y utilizar la información escrita y no solamente saber leer, escribir o calcular (Literacy skills for the knowledge society, 1997). En todo proceso de adquisición de la lectura existen unos componentes esenciales a considerar que se podrían resumir en el reconocimiento de los sonidos y las letras, la fluidez en la lectura, la adquisición de un vocabulario determinado y la capacidad para comprender lo que se lee:

• Conocimiento de sonidos/fonemas y relación sonido-letra.
• Fluidez (capacidad para leer rápido y de forma fácil).
• Vocabulario (conocimiento del significado de las palabras).
• Comprensión lectora (obtener significado del texto).

Sin embargo, no todas las personas llegan a adquirir y consolidar un nivel de lectura suficiente como para poder ser utilizado en todo su potencial. En este sentido, según datos del Instituto Nacional de Estadística y de la UNESCO, más de un millón de españoles mayores de 15 años de edad son analfabetos. De ellos, el 69% son mujeres (INE, 2004; UNESCO, 2004). Y es precisamente en este contexto donde las características de la información que se proporciona a los pacientes, así como la propia capacidad de éstos para asimilarla, cobra una importancia especial.

Para que la información escrita sobre temas de salud llegue a los pacientes y alcance el objetivo de proporcionar una serie de conocimientos sobre diferentes aspectos de la salud y la enfermedad que les pueden ser beneficiosos para el buen desarrollo de la misma, resulta imprescindible que dicha información presente unas características determinadas de claridad en el lenguaje, concreción y veracidad. Es necesario, además, analizar las características de los propios materiales escritos como, por ejemplo, el tipo de material utilizado (prospecto del medicamento, folletos informativos, informes médicos, páginas web, etc.); la legibilidad de dichos materiales o aspectos relacionados con su forma y contenido.

Estudios publicados desde la década de los 70 indican que la mayoría de los materiales informativos sobre salud están escritos para un nivel que excede las habilidades de lectura y comprensión de la media de población (ETS, 2004). Otros autores han profundizado en los sistemas o instrumentos diseñados para medir la legibilidad de un texto escrito o la facilidad para su lectura y asimilación (Marrugat et al., 2000; Moult et al., 2004; Morris et al., 2006). Actualmente, existen diferentes sistemas de medición pero, en general, no se centran en textos médicos y han de ser adaptados a cada idioma. En la misma línea de trabajo, otros estudios han analizado las características de la información en salud que aparece en determinadas páginas web (Blanco y Gutiérrez, 2002; Eysenbach y Köhler, 2002; Schmidt y Ernst, 2004) y las diferencias en cuanto a la valoración que profesionales y pacientes realizan de los textos.

Numerosos trabajos han analizado también la influencia del nivel de alfabetización a la hora de interpretar la información escrita; de ahí que el término anglosajón health literacy haga referencia a la importancia de la comunicación escrita en el éxito de la atención sanitaria. Se entiende por health literacy o “alfabetización en salud” al conjunto de habilidades cognitivas y sociales que determinan la motivación y la capacidad de las personas para acceder, entender y utilizar información encaminada a procurar y a mantener una buena salud. O, en otras palabras, el grado por el cual las personas cuentan con la capacidad de obtener, procesar y entender información básica de salud y servicios que necesitan para tomar decisiones apropiadas respecto a la salud (Rudd, 2002; IOM, 2004).

Diferentes estudios han hallado una relación entre el nivel socioeconómico y, dentro de él, la alfabetización, con la salud y el bienestar, con la capacidad para obtener información de diversas fuentes y con la implicación en la esfera social, así como para disponer de contactos y recursos. A su vez, un nivel bajo de alfabetización está relacionado con el uso incorrecto de la medicación, con errores en la preparación para una exploración diagnóstica o con un incremento en el coste de los servicios sanitarios, además de otras consecuencias para la salud y el sistema sanitario (Rudd, 2002).

No cabe duda de que la habilidad para leer y escribir se traduce en el buen uso o aplicación de la información recibida. En este sentido, es necesario considerar tanto aspectos personales ya mencionados (la cultura informacional, la educación, el estatus social y económico, el acceso a la información y los hábitos saludables) como aspectos relacionados con las características de la propia información escrita. A pesar de todo, al profundizar en los resultados de los estudios realizados, aún surge una duda. Cuando el paciente accede a información y se le responsabiliza en el proceso de toma de decisiones sobre su propia salud, ¿está realmente preparado para asumir dicha responsabilidad?

Dra. Mª Dolors Navarro (Subdirectora de la Fundación Biblioteca Josep Laporte)BIBLIOGRAFIA
Berry, D., Raynor, T., Knapp, P., Bersellini, E. Over the counter medicines and the need for immediate action: a further evaluation of European Commission recommended wordings for communicating risk. Patient Education and Counseling, 2004; 53: 129-134.
Blanco, A., Gutiérrez, U. Legibilidad de las páginas web sobre salud dirigidas a pacientes y lectores de la población general. Rev Esp Salud Pública, 2002; 76: 321-331.
Dickinson D., Raynor DK. Ask the patients, they may want to know more than you think. BMJ, 2003; 327: 861.
Educational Testing Service (ETS). Literacy and health in America. ETS: Princeton, 2004.
Eysenbach G., Köhler C. How do consumers search for and appraise health information on the world wide web? Qualitative study using focus groups, usability tests, and in-depth interviews. BMJ, 2002; 324: 573-577.
Institute of Medicine (IOM). Health literacy. A prescription to end confusion. IOM: Washington, DC, 2004.
Instituto Nacional de Estadística (INE) http://www.ine.es King’s Fund. Producing patient information. How to research, develop and produce effective information resources. King’s Fund: Londres, 2003.
Marrugat, J., Pavesi, M., Vidal, A., Ortín, F. Evaluación de la comprensión de un nuevo modelo de prospecto del medicamento. Medicina Clínica (Barc), 2000; 115: 410-417.
Morris, NS, Maclean, CD, Chew, LD, Littenberg. B. The single item literacy screener: evaluation of a brief instrument to identify limited reading ability. BMC Fam Pract., 2006; 7: 21.
Moult, B., Franck, LS, Brady, H. Ensuring quality information for patients: development and preliminary validation of a new instrument to improve the quality of written health care information. Health Expectations, 2004; 7: 167-175.
Rudd, RE. How to create and assess print materials. The Harvard School of Public Health: Health Literacy Studies Web Site, 2002. Disponible en: http:// www.hsph.harvard.edu/healthlitercy. Revisado 18/04/06.
Schmidt K., Ernst E. Assessing websites on complementary and alternative medicine for cancer. Annals of Oncology, 2004; 15: 733-742.
United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization (UNESCO) http://portal.unesco.org