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Educar, es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias, hechos...) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los humanos podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. Los pesimistas pueden ser buenos domadores, pero no buenos maestros...

miércoles, 6 de abril de 2011

Repensando el Arte de enseñar las ciencias de la vida...

Repensar - pensar otra vez. ¿Por qué repensar el Arte de Enseñar la Ciencia de la Vida?
Estará ésta en crisis? ¿Por qué repensar, si del lado de la tecnología médica, estamos viviendo una era de expansión jamás imaginada, del cual el genoma humano es uno de los ejemplos más relevantes?

¿Será que la crisis es de los modelos pedagógicos? Pero sabemos que varias experiencias nacionales e internacionales han sido victoriosas en sus propuestas de enseñanza.
En lo que se refiere a vocaciones: ¿dónde la crisis, si, cuanto más escuelas del área de salud se abren, mayor es el número de candidatos?
¿Crisis en el mercado de trabajo? Surgen oportunidades cada día, con nuevas sub- especialidades y nuevos enfoques asistenciales, como la Salud de la Familia.

Tal vez el repensar sea fruto de la respuesta al qué enseñar. ¿Nuevos conocimientos?
¿Técnicas nuevas? Verdaderamente, vivimos un momento en que lo nuevo se torno una ficción y lo que creemos nuevo ya está viejo. ¿Será que estamos enseñando lo viejo? ¿O ya percibimos que tenemos que intentar transformar a los jóvenes alumnos en contemporáneos de un futuro que no es más repetitivo, o progresivo y mucho menos predictivo? Como profesores, estamos teniendo la humildad de aprender a aprender para entonces despertar a los estudiantes para ese arte y esa técnica?

¿Los estamos concretizando de que el futuro es y continuará siendo una aventura desconocida?
¿Y que en esa aventura él deberá ser capaz de buscar los nuevos conocimientos?
Por otro lado, ¿será que no hay más cosas importantes para enseñar además de los nuevos conocimientos y habilidades?
¿Hay eco en la Escuela Médica para las transformaciones requeridas?¿La definición de como educar es una preocupación? Ya hay conciencia de que el problema va más allá del método pedagógico, herramienta necesaria, pero no suficiente?
Y nosotros, como profesores de medicina, como alumnos de medicina, como padres y familiares de profesores y alumnos de medicina, estamos preparados para los desafíos que representan este repensar el arte de enseñar la ciencia de la vida?

Esos cambios interesarán a los detentores de los diversos poderes involucrados en la educación y en la práctica médica en la medida en que aumenten el sentimiento de ciudadanía y la respuesta de la situación dominante? La reciente manifestación del Presidente George W. Bush sobre el Protocolo de Kyoto es un predicador de las resistencias.

El repensar envuelve también la respuesta a la pregunta: ¿a quien sirve la Educación Médica?
Debemos definir a quien sirve la educación que estamos promoviendo en la Escuela Médica y quien se sirve de ella. O la educación sirve a aquello para los cuales la escuela fue creada - que es el ciudadano - o está sirviendo apenas a los que de ella obtienen provecho particularizado. ¿A quien quiere atender la Escuela Médica? ¿a los intereses de la industria productora de insumos para la Salud y de las instituciones que explotan el trabajo de los profesionales médicos, o a las necesidades sociales? Dependiendo de nuestra opción, que, evidentemente no es neutra, pero fruto de nuestro derecho de libre albedrío, los rumbos de la formación médica serán bien diferentes. Y conformarán también la respuesta al tipo de profesional que queremos formar: técnicos médicos, o ciudadanos médicos.

Por lo tanto, el repensar exige más que un análisis con parámetros convencionales de la perspectiva de mercado. Exige que nos despojemos de las vanidades personales por los éxitos financieros y por el status social de nuestro ejercicio profesional, aún a pesar de que no todos lo consigan con la misma intensidad; que eliminemos la postura de prepotencia muchas veces presente en nuestra práctica rutinaria. Una autocrítica, con humildad, ciertamente nos llevará a concluir por la necesidad de reveerse el Arte de Enseñar la Ciencia de la Vida.

Esta autocrítica tiene como referencia más antigua las primeras enseñanzas de nuestra profesión.
Hipócrates y Avicena, como también los practicantes del arte de curar entre los pueblos indígenas (Mayas, Aztecas, Incas e indígenas brasileños), eran respetados en sus comunidades por su saber diferenciado y principalmente por su compromiso con la necesidades de su grupo. Y la Escuela Médica se destacó, desde sus primeros tiempos, no sólo por su competencia técnica y científica, sino principalmente por su HUMANISMO y su preocupación con la ETICA.

¿Cuándo y porqué comenzó a cambiar? Habrá sido la incorporación de los descubrimientos científicos, iniciados al final del siglo XIX y alcanzado su ápice en nuestros días?
Se sabe que tales cambios aumentaron significativamente el alcance y la resolución de los actos médicos, pero no siempre atendiendo a las necesidades sociales y frecuentemente despreocupadas con la responsabilidad humanista y ética de la profesión.

A medida que los avances tecnológicos propiciaban mayor poder al complejo médico/industrial, la demanda por especialización, configurada en las residencias médicas, creció exponencialmente.
Rápidamente, los cambios fueron siendo profundizados, y se pasó a valorizar más, por el criterio de remuneración de factores, las propedéuticas armadas, en detrimento del raciocinio clínico. Vale más aquel profesional que usa un aparato para ejercer su actividad médica.
Esa estrategia, subliminal, indujo a la población a exigir, cada vez más, la presencia del especialista, rodeado de su parafernalia. Paralelamente, los costos de atención médica crecieron desmesuradamente, sin la correspondiente mejoría de la salud de la población.

No se creía más necesario escuchar al paciente, aplacar su angustia. Se resuelve el problema usando un aparato para la atención.
Consecuentemente, a pesar de la exaltación del complejo médico - industrial, la población comenzó a estar insatisfecha. Y el médico comenzó a ser presionado, por un lado, por el interés oligopólico de aumentar su ganancia en el mercado de la salud, y, por el otro, por la población que no puede y no quiere pagar ese alto precio, por una medicina muy diferente de la soñada a la de aquel profesional médico en el cual veía un amigo ético, que sabía escucharlo y confortarlo en su angustia.

Es importante que la clase médica perciba que corre el riesgo de quedar sin aliados. Ni en el complejo médico - industrial, ni los planes y seguros de salud precisan más de esa alianza, pues consiguieron disminuir la confianza de la población en el médico y aumentarla en relación a los equipos y medicamentos. Además de eso, con la formación desenfrenada de nuevos profesionales, tienen disponibles en el mercado un enorme ejército de reserva, capaz de aceptar las condiciones de trabajo impuestas. De la misma forma, el aumento del número de especialistas disminuye la remuneración del médico, exacerbando el lucro de los oligopolios, consumiendo más tecnología y medicamentos muchas veces innecesarios. ¿Será posible a la clase médica recuperar la confianza, el respeto y la alianza con el individuo, la familia y la comunidad?¿No habrá llegado la hora de repensar la formación descontrolada de especialistas?

Realmente, hay que repensar el arte de enseñar la ciencia de la vida.
Para ese repensar, utilizaremos las siguientes referencias, tomando la libertad de integrarlos, cambiar el orden original y particularizar para la ciencia de la vida:

Informe de la Comisión internacional sobre la Educación para el Siglo XXI de la UNESCO, presidida por Jacques Delors, especialmente sus Cuatro Pilares de la Educación Contemporánea:
Aprender a ser; aprender a hacer; aprender a vivir juntos; aprender a conocer.

Los Siete Pautas necesarias para la educación del futuro" de Edgar Morin: Las cegueras del conocimiento: el error y la ilusión; Los principios del conocimiento pertinente; Enseñar la condición humana; Enseñar la identidad terrena; Enfrentar las incertidumbres; Enseñar la comprensión. La ética del género humano.

Saber cuidar" de Leonardo Boff.

Una ética para el nuevo milenio" de Dalai Lama.

Aprender a conocer. Según Morin, la educación del futuro exige que venzamos la ceguera del conocimiento: el error y la ilusión. Para el autor, la educación que busca transmitir conocimiento frecuentemente es ciega sobre lo que sea conocimiento humano, sus dispositivos, dificultades, tendencias al error y a la ilusión y no se preocupa en hacer conocer lo que es conocer.

El siglo XX consagró la era de lo imprevisto, descalificando la creencia de un futuro repetitivo o progresivo y demostró que la historia humana fue y continúa siendo una aventura desconocida. Y él conocimiento no escapa a esta regla. Es una aventura incierta, que comporta, en si misma, el riesgo de ilusión y del error. El conocimiento supone, por lo tanto, enfrentar las incertidumbres.

Los efectos de los cambios a corto plazo pueden ser evaluados, pero no los de largo plazo. El pensamiento debe, entonces, reconocer las oportunidades de riesgo, como así también los riesgos de las oportunidades.
Además de eso, uno de los problemas capitales de la educación del futuro es la necesidad de promover el conocimiento capaz de aprender problemas globales y fundamentales para que, sólo entonces insertar en ellos los conocimientos parciales y locales. Morin es vehemente, cuando afirma que la supremacía del conocimiento fragmentado por disciplinas impide el vínculo entre las partes.

La totalidad debe ser substituida por un modo de conocimiento capaz de aprender los objetos en su contexto, su complejidad, su conjunto.
Además, según Morin, para que el conocimiento sea pertinente, la educación del futuro deberá tornarlo evidente, lo que significa situar las informaciones y los datos en su contexto, para que adquieran sentido. Citando a Claude Bastien, Morin recuerda que la evolución cognitiva no camina para el establecimiento de conocimientos cada vez más abstractos, pero, al contrario, para su contextualización, condición esencial de la eficacia cognitiva, determinando las condiciones de su inserción y los límites de su validez. Es preciso recomponer el todo para que podamos conocer las partes. Las especializaciones del siglo XX, al fragmentar los contextos, las globalidades y las complejidades, dispersó los enormes progresos del conocimiento y debilitó la responsabilidad.

Cada uno solo es responsable por su tarea especializada, lo que compromete a la solidaridad, los vínculos entre los ciudadanos. Esto no significa que tengamos que abandonar él conocimiento de las partes por el conocimiento de la totalidad, ni del análisis por la síntesis, pero conjugarlos.

Existe todavía un largo camino para recorrer hasta que se Aprenda a Conocer con respecto a la Ciencia de la Vida. Existen escuelas médicas que todavía no consiguieron sobrepasar la fase de transmisión crítica de conocimiento, compartido y sin visión del todo. Un segundo grupo de escuelas, aunque ya trabajando la integración, continúa disociado del contexto donde ocurre el proceso salud/enfermedad y es tímido en el estímulo a los estudiantes a la producción del conocimiento. El tercer grupo, infelizmente minoritario, viene avanzando en la integración del conocimiento y en la relación con el contexto, invirtiendo en el desarrollo de la capacidad metodológica y teórica del alumno para la producción del conocimiento. Es importante la profundización de ese caminar para un efectivo aprender a conocer, en dirección a la transdisciplina, como la participación efectiva y afectiva de los estudiantes.

Aprender a hacer - Boff parte de la afirmación de que el aumento de la educación, de la información y de la formación son necesarios pero no suficientes para vencer el hambre, la enfermedad, las dificultades de comunicación. Para él, más importante que saber, origen y fuente de poder, es mantener la capacidad de tener sabiduría, manteniendo el poder con un carácter instrumental, medio de potencialidad de la vida y de salvaguardia del planeta.

La poca atención a esas premisas, llevaron a una situación de malestar de la civilización contemporánea, denunciados por analistas y pensadores como un fenómeno de descuido, de desatención, de abandono, en fin, de falta de cuidado. Infelizmente, muchos son los ejemplos encontrados en el día a día: la desatención por el destino de los pobres y marginales; por la suerte de sus desempleados y jubilados; en el abandono de los sueños de generosidad; en el descuido y desatención por la cosa pública. En el caso de la salud, que nos interesa de cerca, es ejemplo de la desatención con que frecuentemente se tratan a los pacientes en los servicios de salud.

¿Cuál es entonces la ética que necesitamos? Básicamente aquella que no se apoya en primer lugar en la inteligencia, en la libertad o en la creatividad, sino principalmente en el cuidado. De acuerdo con Boff el cuidado es el soporte real de la creatividad, de la libertad y de la inteligencia.

Para que comprendamos mejor ese concepto de cuidado, rescatado de Boff, vamos a recordar, como hizo el mismo autor, la Fábula Mito sobre Cuidado, de Gaiu Julius Hyginus, esclavo del Emperador César Augusto, cuyo original, en latín, se encuentra en "Ser y Tiempo", de Heidegger.
"Cierto día, Cuidado tomo un poco de Tierra y le dio forma. Rápidamente, pidió a Júpiter que soplara sobre ella, dándole espíritu. Siguió entonces una discusión entre ellos sobre cuál de los tres nombres se daría a la criatura. Saturno, llamado a opinar, dio la siguiente solución: Júpiter recibiría de vuelta el espíritu que le diera cuando muriera. La Tierra recibiría de vuelta el cuerpo que le diera, cuando muriera. Y Cuidado, quien lo moldeó, quedaría con la responsabilidad de cuidar de él mientras viviera. En cuanto al nombre, dijo Saturno, decido yo. La criatura se llamará Hombre, esto es, hecho de humus, que significa tierra fértil ".

Nosotros los médicos, desde los comienzos, somos cuidadores. No podemos olvidar esta misión.
En ella, muchas veces tenemos que participar del dolor de los otros, lo que trae sufrimientos para nosotros mismos. Aunque haya una gran diferencia cualitativa entre experimentar el propio sufrimiento y sufrir al compartir el sufrimiento ajeno, es la esperanza y no la desesperación el contenido ético del cuidado.

Cuidado y ética son valores eternos, no se tornan obsoletos. Fueron ellos que garantizaron, entre todos los pueblos y a través de los tiempos, el respeto a la profesión médica. Mientras tanto, en la historia humana, el conocimiento es una aventura incierta, que conlleva el riesgo de ilusión y de error, la ética y el cuidado representan valores eternos. A pesar de no tener éxito, no extasiar y ser obvio, tenemos que tener coraje de enseñar a nuestros alumnos aquello que constituye la esencia de nuestra profesión: la ética y el cuidado. Sin ellos no hay relación médico/ paciente. Sin ellos somos apenas técnicos, fríos, críticos, maravillados con los nuevos descubrimientos, pero incapaces de analizarnos sin excepción a los beneficios y maleficios que ellos provocan, desde el punto de vista económico, social, de la propia salud y principalmente del punto de vista ético. Sin una relación médico/ paciente basada en principios que contemplen el cuidado al individuo/ a la sociedad/ a la especie, a la profesión médica dará lugar a máquinas inteligentes, capaces de ejecutar mejor que el profesional.

Currículos innovadores, como aquellos basados en problemas, en evidencia, currículos nucleares y métodos pedagógicos anclados en escenarios, solamente conseguirán alcanzar su potencialidad si tuvieran como base una nueva ética y una explícita preocupación en desarrollar la capacidad del médico de cuidar.

Aprender a vivir juntos: Según Morin, la educación del futuro deberá ser centrada en la condición humana. Los seres humanos deben reconocerse en su humanidad común y, al mismo tiempo, reconocer la diversidad cultural inherente a todo lo que es humano. La complejidad humana no puede ser comprendida separada de los elementos que la constituyen. Todo desarrollo verdaderamente humano significa el desarrollo conjunto de las autonomías individuales, de las participaciones comunitarias y del sentimiento de pertenecer a la especie humana.

Otra finalidad de la educación del futuro debe ser enseñar la comprensión. Ninguna de las más modernas técnicas de comunicación trae en sí misma la comprensión. El desafío es enseñar la comprensión, como condición y garantía de la solidaridad intelectual y moral de la humanidad.
Significa superar el egocentrismo, él etnocentrismo y el socio centrismo, incorporando la ética de la comprensión y la conciencia de la complejidad humana.

El Arte de Enseñar la Ciencia de la Vida supone en primer lugar reconocer y comprender al paciente en su condición humana y en su particularidad. Además de eso, el papel de la Escuela Médica debe trascender sus límites y llegar a las corporaciones profesionales del área de salud, enseñando la comprensión. La transposición, para el lugar de las prácticas de salud, de las condiciones crecientemente competitivas del mercado de trabajo y de la lucha de los profesionales por espacios en ese mercado, dificulta el aprender a vivir junto al equipo de salud. La comprensión de que están al servicio de las necesidades sociales y no de los intereses particulares engendrados por el mercado, permitirá el funcionamiento más armónico del equipo de salud, cada uno completándose en la ardua tarea de mantener la vida y las capacidades humanas.

Aprender a ser: La educación del futuro deberá enseñar la identidad terrena. Si los progresos del siglo XX, con las armas nucleares, el envenenamiento del medio ambiente, los nuevos microorganismos invasores, aumentaron el poderío de la muerte, la educación del futuro deberá restaurar el principio de la esperanza. Es una tarea difícil, que exige aprender a vivir, a compartir, a comunicar, a vivir en comunión. Para que se consiga tal proeza, es fundamental desenvolvemos a conciencia ecológica, la conciencia cívica terrena y la conciencia espiritual de la condición humana. Exige un ejercicio constante de crítica -autocrítica y crítica mutua - mejorando también nuestra auto y mutua comprensión.

La educación del futuro deberá privilegiaría ética del género humano. Significa asumir la concepción compleja del género humano, componiendo la trinidad individuo / sociedad / especie, la cultura emergente de las interacciones entre esos niveles. Estos no son apenas inseparables, pero co-productores unos de los otros. Es de ésta red de complejas relaciones que surge la conciencia, como también la ética del futuro.

La Escuela Médica innegablemente ha enseñado medicina. Por lo tanto, es preciso ampliar en lo cotidiano de la enseñanza de la ciencia de la vida, el concepto de la Ética y el concepto y el alcance del Cuidado. Una Ética y un Cuidado que permitan enseñar a los alumnos a ser médicos.

Ética, esa defendida por Dalai Lama, en su libro: "Una ética para el nuevo milenio", fundamentada en nuestra igualdad como seres humano, con idénticos deseos de ser felices y evitamos sufrimientos sustentados en esa búsqueda de la felicidad por la esperanza.
Cuidado, significa más de que un acto. Significa una actitud de ocupación, de preocupación, de responsabilidad y de involucrarse afectivamente con él otro. Es desvelo, solicitud, diligencia, celo, atención, buen trato. Caracteriza una actitud fundamental, un modo de ser en el cual la persona sale de sí misma y se centra en el otro. Por lo tanto, solo surge cuando la existencia de alguien tiene importancia para los otros.

De la misma forma que la vida no es una estación a la que se llega y si un modo de viajar, la medicina no es apenas una técnica para diagnosticar y tratar una patología. Su ejercicio, como ciencia de cuidado de la vida, incluye principalmente comprender y compartir con el semejante sus momentos de angustia, de sufrimiento y de alegría, siendo capaz de orientarlo para la esperanza y la felicidad.


Benedictus Philadelpho de SiqueiraProfesor Emérito de la UFMG
Conferencia de abertura del XXXIX Congreso de la Asociación Brasileña de Educación Médica,
Belen, Pará, Brasil (26-30/09/2001)

miércoles, 16 de marzo de 2011

Una reforma global de la formación de los profesionales sanitarios.


Cada año en el mundo se forma un millón de nuevos profesionales sanitarios en las 2.420 facultades de medicina y las 467 escuelas de salud pública, junto a un número indeterminado de escuelas de enfermería, con un coste total de unos cien mil millones de dólares anuales, lo que viene a representar algo menos del 2% del gasto sanitario global. Una proporción baja para una actividad tan dependiente de los recursos humanos empleados, y con una gran disparidad entre países. Estos datos se incluyen en el informe de una comisión independiente de la revista The Lancet, en el que se denuncia la poca información disponible sobre la formación de los profesionales, aunque nadie ponga en duda que es uno de los elementos primordiales, si no el que más, a la hora de conseguir de los sistemas sanitarios la eficiencia y equidad que la atención sanitaria de la población mundial necesita.

A principios de abril del pasado año, dicha revista solicitaba de los lectores su colaboración en un estudio emprendido por una nueva comisión sobre la formación de los profesionales sanitarios en el siglo xxi. Creada bajo los auspicios de la revista y la ayuda inicial de las fundaciones de Bill & Melinda Gates y Rockefeller, además del China Medical Board, su propósito principal es fomentar una reforma global de la formación de los profesionales, necesaria debido a una serie de poderosas razones entre las que destacan, según los propios comisionados, los profundos cambios demográficos, sociológicos, económicos y tecnológicos –incluyendo tanto los avances en sistemas de información y comunicación como las innovaciones más específicamente sanitarias–, todo lo cual requiere nuevas aproximaciones educativas.

También señalan las limitaciones de las recientes iniciativas para mejorar la salud mundial, que no han conseguido sus objetivos, probablemente porque no se ha prestado suficiente atención a la importancia de los recursos humanos como elemento fundamental para que los sistemas sanitarios funcionen adecuadamente. Si bien se han dedicado notables esfuerzos para corregir las carencias cuantitativas, hay que considerar también los aspectos cualitativos, particularmente aquellos que se refieren a la capacidad de liderazgo de los profesionales en todos los ámbitos de la sanidad. En este sentido, la diferencia entre las actuales competencias profesionales y las que demanda un mundo cada vez más interdependiente exigen una adaptabilidad en la formación que permita funcionar local y globalmente. Ello pone en evidencia el anquilosamiento de numerosos planes y programas formativos, que nacieron ya anticuados al concebirse sin la ambición necesaria, todo lo cual comporta graduados mal preparados por instituciones pobremente financiadas.

Echan en falta una deliberación pública sobre las dimensiones globales de las necesidades y demandas sanitarias y la inexistencia de nuevos argumentos y de estimulantes reflexiones individuales e institucionales sobre la salud. Ello constituye una rémora para aprovechar las oportunidades emergentes en el ámbito de la formación de los profesionales sanitarios –desarrollo de competencias basadas en las destrezas, aprendizaje a distancia mediante las tecnologías de la información y la comunicación, aprendizaje interprofesional y en equipo, nuevas modalidades que relacionan la investigación y la docencia desde el aula a la práctica real, y nuevas posibilidades de colaboración en todo el mundo– que sirvan para equiparlos con las herramientas, los conocimientos y la sensibilidad que permitan mejorar su efectividad.

La verdad es que la comisión se ha tomado con diligencia el encargo porque a principios de diciembre ya se publicaban los resultados cuyas conclusiones principales remiten a diez recomendaciones, seis referidas a las modificaciones en la naturaleza de la formación, que los autores califican como de instrucción, y otras cuatro denominadas institucionales, acerca del papel que deben desempeñar las facultades y escuelas de profesionales sanitarios en el contexto internacional. Estas reformas, mediante un proceso de intervención que incluye cuatro actividades básicas –estimular el liderazgo, mejorar las inversiones, acreditar la formación y fortalecer el aprendizaje global–, deberán conducir a la meta, que no es otra que convertir la formación en un elemento transformador e interdependiente para conseguir la equidad en la salud, es decir, la eliminación de las desigualdades injustas y evitables.

Las reformas relativas a la instrucción abarcan todo el recorrido entre la admisión y la graduación, con el propósito de generar programas basados en las competencias profesionales que, mediante el uso creativo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, preparen efectivamente a los estudiantes para el trabajo en equipo, capaces de evolucionar flexiblemente y en base al espíritu de un nuevo profesionalismo. De forma breve, incluyen la adopción de un currículo basado en las competencias profesionales necesarias para responder flexiblemente a las necesidades de intervención –que a su vez también cambian rápidamente–;la promoción de una formación inter y transprofesional que acabe con la configuración predominante de las profesiones en compartimentos estancos, lo que obstaculiza el trabajo en equipo; el uso intensivo de las posibilidades de las tecnologías de la información y la comunicación; la adaptación a las necesidades y problemas locales, pero sin dejar de aprovechar los recursos globales en forma de conocimientos, experiencias, materiales didácticos e intercambio de estudiantes; el fortalecimiento de los recursos educativos mediante inversiones, evaluación y desarrollo del profesorado y de los equipamientos y procedimientos; y, finalmente, la promoción de un nuevo profesionalismo que utilice las competencias como el criterio objetivo de clasificación de los profesionales sanitarios, dejando a un lado las categorías actuales, impermeables entre sí.

El profesionalismo que se necesita se basa en las actitudes, valores y comportamientos que, como un complemento al aprendizaje de las destrezas correspondientes, permitan actuar como agentes de cambio que dan cuenta de lo que consiguen, como competentes gestores de recursos y promotores de políticas basadas en pruebas científicas.

Las reformas institucionales pretenden mejorar el rendimiento de los esfuerzos nacionales mediante sinergias como la planificación conjunta, sobre todo en los sectores de la educación y la sanidad, una responsabilidad que no se comparte con la frecuencia que sería aconsejable, para involucrar a todos los agentes implicados en el proceso de reforma, desarrollar redes de colaboración global para el apoyo mutuo y fomentar una cultura de indagación crítica y de transparencia; conseguir establecer sinergias que multipliquen los resultados de los esfuerzos de todos los agentes implicados; expandir los centros académicos en sistemas que penetren tanto en los equipamientos sanitarios como en las comunidades; relacionar las instituciones educativas con los agentes sociales y económicos mediante redes, alianzas y consorcios; y, finalmente, alimentar una cultura de abierto pensamiento crítico, en la que resulta crucial el desarrollo del conocimiento científico, la deliberación ética y el debate público y razonado que permita una transformación social ilustrada.

El trabajo, denso y extenso, se estructura en tres secciones y viene precedido de un resumen ejecutivo. La primera sección describe el problema a partir de un resumen panorámico de la evolución de la formación de los profesionales sanitarios en el último siglo, destacando el centenario de la publicación del informe Flexner. Esta efemérides también la conmemoraba la fundación Carnegie, institución que patrocinó el transcendental trabajo de Abraham Flexner mediante el cual se consolidó la orientación científica adoptada por la mayoría de los planes de estudio de las facultades de medicina. Más que un recuerdo, constituye la referencia desde la que proponer, a su vez, un cambio radical de la formación de los profesionales sanitarios, particularmente de los médicos, una transformación que coincide con la propuesta de Frenk et al en muchos aspectos, algunos más tradicionales –como la integración de teoría y práctica– y otros más modernos –como el desarrollo del espíritu crítico–. También comparten el fomento del profesionalismo, que conlleva unas actitudes consecuentes con los valores de la cultura de la responsabilidad y la libertad, aunque en el caso de la comisión de The Lancet se insista en un nuevo planteamiento que supere la estanqueidad de las profesiones sanitarias actuales.

En la segunda sección se muestran los principales resultados de los trabajos de la comisión, entre los que destaca la primera valoración cuantitativa de las instituciones educativas en medicina, enfermería y salud pública en el mundo, complementada con un primer análisis de la heterogeneidad de su distribución geográfica –medida según la densidad de centros educativos por cada diez millones de habitantes– y de la inversa relación entre el número de centros y el de profesionales respecto de la carga de enfermedad –medida en años de vida ajustados por discapacidad por cien mil–, o las enormes disparidades en términos económicos que suponen las inversiones y los costes de producción de nuevos titulados.

En esta sección se consideran los sistemas y procedimientos de acreditación que, en el ámbito de las profesiones sanitarias, resulta crucial, dado que es imprescindible para legitimar formalmente a las instituciones educativas, pero que no existe en una cuarta parte de los países del mediterráneo oriental, en la mitad de los del sudeste asiático y en dos terceras partes de los países africanos. La valoración de estos procedimientos es de gran interés porque la calidad de la acreditación refleja, al menos en parte, la incorporación social del profesionalismo, lo que nos lleva a considerar la responsabilidad social de las profesiones y la necesidad de transparencia y de rendir cuentas a las poblaciones. Ello constituye uno de los aspectos de mayor enjundia política porque el principal reto que afronta la formación de los profesionales sanitarios en este nuevo siglo es precisamente el de contribuir de forma efectiva a la mejora del funcionamiento de los sistemas sanitarios y a la de la salud de la población.

Como se señala en el último apartado del informe, el ‘camino a seguir’, el primer paso, debe ser un cambio en la mentalidad que nos permita reconoce los problemas y buscar las soluciones. La reforma será un proceso largo y difícil que demanda un potente liderazgo y requiere cambiar las actitudes, los estilos de trabajo y una buena relación entre los agentes implicados. De ahí la importancia de preguntarse acerca de la vigencia de algunos paradigmas que la medicina y la sanidad han incorporado de forma poco crítica, como por ejemplo, los que han dado lugar a la creciente medicalización de la vida cotidiana, con algunas ventajas pero con notables inconvenientes; entre éstos, el elevado coste de las intervenciones no es el más importante, ya que el consumo sanitario inapropiado induce un incremento considerable de la yatrogenia, uno de los principales problemas de salud pública, sobre todo en los países más ricos.

Así pues, conviene considerar cuidadosamente las indicaciones y las limitaciones de las intervenciones clínicas y sanitarias, de modo que las extraordinarias posibilidades que abre el progreso del conocimiento y el desarrollo de la tecnología actúen efectivamente en provecho de las personas y de las comunidades.

En el ámbito de las instituciones educativas, es de interés mencionar la experiencia de la asociación de profesionales y centros denominada ‘The Network: Towards Unity for Health’, citada también en el informe de la comisión. Se trata de una plataforma global para el fomento de la equidad sanitaria mediante una orientación formativa basada en la comunidad, modelos de investigación participativa y trabajo en red, de la que forman parte iniciativas locales como el proyecto AUPA (Actuando Unidos para la Salud), que se viene desarrollando desde hace unos años en Cataluña y en el que colaboran los servicios sanitarios colectivos de la salud pública, 60 equipos de atención primaria –es decir, un 15% de los existentes– y un conjunto de entidades cívicas y ciudadanas.

La actuación integrada de los dispositivos sanitarios, particularmente los que corresponden a la atención primaria de salud y los de la salud pública, en una perspectiva de salud comunitaria, puede contribuir a mejorar la efectividad, la eficiencia y la equidad de los recursos sanitarios y, lo que es todavía más importante, el ‘empoderamiento’ de las personas y los colectivos respecto del control de los determinantes de la salud, tal como reclamaba la carta de Ottawa hace ya 25 años.

Andreu Segura-Benedicto
Educ Med 2011; 14 (1): 15-17

viernes, 11 de marzo de 2011

Educación y desarrollo sostenible.

Porque la educación es un Derecho Humano fundamental que está reconocido en la Declaración Universal de Derechos Humanos y en la Convención sobre los Derechos del Niño y además es el catalizador más poderoso para el desarrollo humano (OXFAM INTERNACIONAL). A pesar de esto la realidad queda muy lejos de una escolarización y una alfabetización total. Actualmente 125 millones de niños y niñas no acuden nunca al colegio (la mayoría en África Subsahariana), y otros 150 millones lo abandonan antes de completar 4 años de educación y sin haber adquirido habilidades básicas. Por otro lado en todo el mundo 872 millones de personas son incapaces de leer o escribir Además de estas cifras también se ha de tener en cuenta los millones de niños y niñas que asisten al colegio en condiciones que hacen que la educación sea de baja calidad tal como infraestructuras deficientes, exceso de alumnos i/o mezcla de diferentes niveles en una misma aula, insuficiencia de profesorado y formación insuficiente, falta de recursos, programas poco adaptados a las necesidades reales, discriminación en el acceso según el sexo o nivel económico, etc... (ONU, 1997).

En general la mayoría de esta población corresponde a los países menos desarrollados con lo que se establece una correlación entre nivel de escolarización y desarrollo. En la Conferencia Mundial sobre Educación en Jomtien, (1990) y en la Cumbre sobre Desarrollo Social (Copenhague, 1995) se han ido estableciendo metas a nivel mundial, como una educación primaria y gratuita para todos los niños en todo el mundo antes del año 2015, pero la cercanía de esta fecha y el ritmo de escolarización en estos países no parece que se pueda alcanzar este objetivo fácilmente. Por otro lado la ciencia, que junto con los conocimientos sociales y humanísticos son el principal activo de un país para afrontar su futuro, parece que no puede solucionar los problemas de desigualdad, de opresión o de subdesarrollo que es el contexto de estos millones de habitantes (Conferencia Mundial sobre la Ciencia de Budapest, 1999). Es el círculo de la pobreza y la educación puede ayudar a romperlo.

Actualmente parece haber un consenso en que el desarrollo de la educación favorece directamente el desarrollo social y económico de una región o un país. También se está de acuerdo en que para que esto tenga efecto, y lejos de los argumentos de la Royal Society, es básico y previo el desarrollo de las capacidades personales. El objetivo fundamental de la educación en general y de la educación escolar en concreto es proporcionar a los ciudadanos y estudiantes una formación plena que les ayude a estructurar su identidad y a desarrollar sus capacidades para participar en la construcción de la sociedad. En este proceso el sistema educativo debería posibilitar que los alumnos. como futuros ciudadanos, reflexionen, construyan y pongan en práctica valores que faciliten la convivencia en sociedades plurales y democráticas, tal como el respeto y la tolerancia, la participación y el diálogo.

La madurez y consolidación de las sociedades democráticas en gran medida viene dada por el desarrollo de las capacidades individuales y por la capacidad que tenga la sociedad para integrarlas y hacerlas funcionales en los proyectos colectivos. Por esto cuando la sociedad en general o un país concreto se preocupa y se plantea la mejora de su educación, en realidad está confiando en su potencial para generar progreso social y en su potencial transformador en todas las dimensiones, la personal, la política, la cultural y la tecnológica, económica y productiva. Y de forma más inmediata se le está asignando el papel de catalizador para que se de la adaptación de la sociedad a los acelerados cambios que se producen en cada uno de ellas.

Estamos de acuerdo en que una educación que potencie las capacidades personales y sociales para hacer frente a las rápidas transformaciones de la tecnología, de la producción y de la cultura es fundamental para el desarrollo de un país. Pero quizá deberíamos preguntarnos a qué tipo de desarrollo nos referimos. El concepto de desarrollo también está evolucionado y ha pasado de una concepción estrictamente economicista a una concepción más humana, ecologista y sostenible en el futuro incorporando a este concepto el derecho de las futuras generaciones a vivir en un planeta o un país más equilibrado y más justo (tomando como referente la Conferencia de Río, 1991). Esta interpretación supone la necesidad de un cambio de mentalidad progresiva en todos los ámbitos sociales, en el individual y en el económico, un cambio que fundamentalmente supone entender la educación, formal y no formal, como parte intrínseca e indisociable del desarrollo. Un cambio en el que la educación tiene una función constructora. Y es por ello que se plantea la necesidad de una Educación para el desarrollo, humano (aunque parezca paradójico), y sostenible en sus planteamientos.

José Palos Rodríguez
Universidad de Barcelona